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¿Es necesariamente homofóbico quien se opone a la homosexualidad en general y al matrimonio homosexual en particular?

Dos mujeres cuidando a un niño. Si son lesbianas, la gente se escandaliza y murmura; y si son heterosexuales, la gente replica: "es natural que dos mujeres cuiden a un niño".

A menudo escucho a individuos del espectro conservador de nuestra sociedad, principalmente a católicos, afirmar, con apariencia seria y circunspecta, sirviéndose de un acento remilgado, que el hecho de manifestarse en contra de la homosexualidad y oponerse al matrimonio entre personas del mismo sexo no implica ser homofóbico. Alegan, con una expresión inconmovible en el rostro, expresión que revela cierto rechazo o tal vez asco (es una apreciación personal que dejo al criterio de quien se digne a observarlos), que no odian a los homosexuales ni tampoco les profesan temor, que no sienten aversión o fobia hacia ellos, si bien admiten oponerse a lo que llaman su “estilo de vida” y a las leyes que proyectan incorporarlo en la sociedad. Esa es, para aquellos individuos, la prueba irrefutable de que no son homofóbicos. Pareciera, o quizás será una vaga sensación mía, un presentimiento difuso, que nos toman por ingenuos o por tontos, es decir, que nos toman el pelo. De ser el caso contrario, delibero necesario presentarles masticado y en cuchara lo evidente, teniendo en cuenta la estatura intelectual que caracteriza sus argumentos.

Empezaremos por rememorar la etimología del término “homofobia”. La palabra deriva del idioma griego y se compone de dos léxicos: “homos” (igual o semejante) y “phobos” (temor, odio o fobia). Fue acuñada por el psicoterapeuta, escritor y activista estadounidense George Weinbeg, y en su sentido primitivo se traducía por fobia hacia los homosexuales. Sin embargo, pese a que algunos, sea por conveniencia o por mera ignorancia, pretendan aplicar la palabra exclusivamente en su acepción primitiva, haciendo caso omiso de su significación vigente en la sociedad o del nuevo alcance que ha ido adquiriendo a lo largo del tiempo según la necesidad expresiva del entorno, lo cierto es que un breve, somero y tangencial estudio de lingüística es suficiente para ubicarlos en el contexto actual.
Según los estudios lingüísticos que analizan el desempeño del lenguaje a través de la historia, los vocablos no permanecen estáticos sino que evolucionan en el transcurso del tiempo, tanto en su morfología como en su semántica, y el lenguaje, como un todo, también lo hace. Esa es la razón por la que el español contemporáneo no es el mismo que el de la edad media o el del siglo XVII. Para quien ha leído obras como el “Cantar de mio Cid” o “Don Quijote de la Mancha” es innegable que la lengua presente en ellas es distinta, cuenta con palabras que varían en su morfología en algunos casos o en su semántica en otros.
Un ejemplo de un término que ha modificado a nivel semántico es el de “villano”. En sus inicios, y de acuerdo con su etimología, el término aludía exclusivamente a la persona que vivía en la “villa”. Posteriormente se amplió para designar al individuo “ruin”.  El término “abejorro”, por su parte, si en un principio aludía tan solo al insecto, pasó a designar, también, a la “persona de conversación pesada y molesta” según define la RAE. La palabra “guapo”, que originalmente significaba “vino estropeado”, “hombre vil” o “vagabundo”, pasó a decirse del “hombre valiente” y posteriormente del “hombre hermoso o bien parecido”. Igualmente, el vocablo “honrado” hacía referencia a la persona “ilustre” o “rica”, mientras que ahora lo hace a la “honesta”.
La palabra “homofobia” no es, tampoco, la excepción. Su sentido, lejos de mantenerse como era, se ha ampliado para abarcar, además de la “fobia hacia personas homosexuales”, como lo hacía originalmente, la “discriminación hacia personas homosexuales”. La expresión “homofobia”, en el vocabulario corriente, diario y coloquial de nuestra sociedad actual ha ido adquiriendo la misma significación que términos tales como “racismo” y “machismo” (a falta de palabras para expresar cierto tipo de realidades), solo que aplicada a la orientación sexual de la persona en lugar de a su raza o a su sexo, como ocurre con el primero y el segundo respectivamente. En otras palabras, si el racismo designa a la discriminación de la persona en función de su raza y el machismo a la discriminación de la mujer en función de su sexo, la homofobia apunta a la discriminación del homosexual en función de su orientación sexual. Aunque podamos corroborar esta realidad en el uso cotidiano dado a aquella palabra en los debates, escritos, manifiestos y reivindicaciones, los conservadores permanecen anclados en el pasado, no solo en sus ideas, sino también en el sentido arcaico en el que entienden las palabras.
Una vez clarificado este punto, cabe preguntarse: ¿realmente discrimina a los homosexuales en función de su orientación sexual quien se opone a la homosexualidad en general y al matrimonio homosexual en particular? Para responder acertadamente a la pregunta, primero debemos definir qué es la discriminación. Según la “Ley Federal para Prevenir y Eliminar la Discriminación” (1993), aquella es definida como “toda distinción, exclusión o restricción que, basada en el origen étnico o nacional, sexo, edad, discapacidad, condición social o económica, condiciones de salud, embarazo, lengua, religión, opiniones, estado civil o cualquier otra, tenga por efecto impedir o anular el reconocimiento o el ejercicio de los derechos y la igualdad real de oportunidades de las personas”.
Considerar la heterosexualidad como “correcta” y oponerse a la homosexualidad bajo el epíteto de “incorrecta” implica una distinción en función de la orientación sexual de la persona. Esta, lejos de ser una distinción neutra o sin una connotación valorativa moral (como lo sería distinguir el rojo del naranja o a un médico de un ingeniero), es una distinción que entraña una valoración negativa o desdeñosa de una de las partes implicadas con respecto a la otra, estableciendo una jerarquía que desvirtúa a una de ellas y la coloca por debajo de la otra. Cuando un individuo establece este tipo de distinciones jerárquicas respecto a las razas, colocando la condición nórdica por encima de la condición indígena o viceversa, se le llama racista. Si lo hace respecto de los sexos, se le llama sexista, y específicamente machista si coloca la condición femenina por debajo de la masculina. El individuo que perpetra estas distinciones jerárquicas respecto a la orientación sexual no es la excepción, como algunos conservadores quisieran, y se le llama específicamente homofóbico si coloca la condición homosexual por debajo de la heterosexual.
Con relación a la oposición al matrimonio homosexual particularmente, la discriminación presente es más notoria aún que en el primer caso, en el de la oposición a la homosexualidad en general. En este la marginación se limita al ámbito de la mera valoración subjetiva si tenemos suerte (sucede que en muchos individuos también genera tendencias de rechazo o “apartheid” en su trato diario con la persona distinta o incluso tendencias violentas y, a veces, criminales). En el otro, empero, es más notoria la discriminación, ya que no le basta al individuo homofóbico su valoración subjetiva, sino que desea llevarla a cabo y plasmarla en planteamientos legales a nivel estatal que restrinjan, coarten, anulen o nieguen los derechos de un grupo de personas a las que se priva de ellos. Tales individuos aspiran a “impedir o anular el reconocimiento o el ejercicio de los derechos y la igualdad real de oportunidades de las personas” (Ley Federal…) a causa de una “distinción, exclusión o restricción…” (Ley…) “…basada en el origen étnico… ….estado civil o cualquier otra” (Ley…). Cabe decir que es basada en la orientación sexual en este caso.
Para esta clase de individuos, las personas homosexuales no deben tener el derecho de unirse en matrimonio con su pareja de toda la vida, como sí la tienen las heterosexuales. Las primeras no deben hallarse en igualdad de condiciones con las segundas. Si bien estos conservadores alegan en su favor que a ambas les es permitido el matrimonio con el sexo opuesto, la verdad es que a las heterosexuales se les permite casarse con su pareja de toda la vida, en contraste con las personas homosexuales a las que no les está permitido, ya que en este caso se trata de parejas del mismo sexo, lo que tales conservadores parecen ignorar (entiéndase mi ironía alusiva a quienes tienen por habito hacerse los de la vista gorda). Por ese motivo, su derecho a casarse con una persona del sexo opuesto, fuera de cinismos y sin hacernos los ingenuos, termina sin aplicación real, siendo derecho sólo de nombre, teóricamente, un mero eufemismo, no un derecho efectivo que le sirva a su condición concreta. La táctica de los conservadores que recurren a tal argumento es análoga a la pretensión de que es factible y razonable favorecer a un ciego y hacerle justicia otorgándole derechos visuales. Para quienes se hacen los desentendidos y no toman en cuenta las variables existentes, destaco que los derechos que una persona no puede ejercer no son sino eufemismos, que en este caso sirven para rellenar la larga lista de excusas que procuran negarle los derechos que sí puede ejercer.La teoría debe entenderse a la luz de la praxis y ser aplicable, efectiva, no una nube desvinculada del entorno. En la práctica y en sus consecuencias verificables, en la vida real del ser humano que habita en la tierra, más allá del mundo como la abstracción teorética, desvinculada de la experiencia de vida, que algunos conservadores suelen tener en mente, los derechos no son los mismos. La negación de derechos iguales que compartan resultados similares o equivalentes, como el derecho a desposarse con la pareja de toda la vida, implica la negación de la igualdad de oportunidades, puesto que si bien los heterosexuales cuentan con la oportunidad de heredarle a su pareja y de conformar con esta una familia al amparo de la ley, con todos los beneficios que ello supone, los homosexuales no cuentan con esa oportunidad. De ahí que la oposición intelectual y sobre todo la lucha contra el matrimonio homosexual sea una clara forma de discriminación en función de la orientación sexual de una persona, es decir, una evidente señal de homofobia.

Es pertinente recordar, además, que quienes se oponen a la homosexualidad especificando no ser homofóbicos, muchas veces son pillados perpetrando actos de discriminación condenados por la “Ley Federal para Prevenir y Eliminar la Discriminación”. Entre estos actos figuran el despedir de su empleo, cargo o puesto a una persona en función de su orientación sexual, o por motivo de la misma excluirla de algún club o círculo, por citar ejemplos. En incontables ocasiones estos casos escandalosos tuvieron la oportunidad de salir a la luz en los medios públicos, si bien la mayoría de casos permanecen ocultos y son sufridos en el silencio, la soledad y la impotencia. “Toda exclusión o restricción” (Ley…) que impida  “la igualdad real de oportunidades” (Ley) “basada en el origen étnico… o cualquier otra” (Ley…) es una forma de discriminación. En este caso la segregación se basa en la orientación sexual y por eso se le denomina homofobia.  ¿No es acaso el despedir de su cargo a una persona en función de su orientación sexual una “exclusión y estricción” (Ley…) a “la igualdad real de oportunidades” (Ley…)? Siempre se podrá recurrir a sofismas, que tan gratos resultan a cierta mentalidad conservadora amante de las formas o formalidades antes que de los contenidos, para explicar por qué todas las demás son exclusiones (la de raza, la de clase, la de sexo, etc.), salvo esa, la que atañe a la orientación sexual. De ahí que no sorprenda a nadie que los mismos individuos que aseveran no ser homofóbicos, en múltiples ocasiones defiendan, sin que se les erice un sólo vello de la piel, a instituciones que ejercen este tipo de discriminación, alegando que ellas cuentan con el derecho de colocar sus reglas de juego. No obstante, resalta su hipocresía o doble juicio, doble estándar, doble moral, cuando una institución, haciendo uso del derecho que ellos mismos defendieron, coloca como una de sus reglas de juego el no admitir a personas negras o indígenas. Entonces ellos actúan de forma opuesta al caso anterior, manifestándose en contra y vociferando de horror. Puro fariseísmo.
Nadie dudaría en acusar de racista e hipócrita al individuo que afirmase que el hecho de oponerse al matrimonio de un blanco con una negra, o viceversa, y al matrimonio interracial en general, así como de manifestarse en contra del “estilo de vida” que profesan las personas que se emparejan con otras que son de una raza considerada distinta, no implica que sea racista, dado que no odia a las personas de otras razas ni siente aversión hacia ellas. Si un individuo alegara que “no estoy en contra de los negros, sino del matrimonio interracial entre blancos y negros” o “no estoy en contra de los indígenas, sino de que ellos puedan acceder a discotecas exclusivas”, y pretendiera que esa es la prueba de que no es un racista, multitudes saltarían sobre él.  Lo mismo cabe decir de quien, para demostrar que no es racista, adujera que cuenta con amigos de otras razas, pese a cholear o a blanquear a diestra y siniestra. Empero, curiosamente cuando se aplican los mismos argumentos con respecto a la homosexualidad y al matrimonio entre personas del mismo sexo, la evidente hipocresía y homofobia de estos individuos parece pasar desapercibida por el entorno, lo que no cesa de sorprender.
Vivimos en un mundo altamente racista, machista y homofóbico. El racismo prolifera y en muchas ocasiones no somos conscientes de él, cayendo en sus redes sin percatarnos. Lo mismo ocurre con el machismo, que se infiltra en las mentes de hombres y mujeres, y que muchas veces negamos por causa de las costumbres que nos han inculcado desde nuestro nacimiento, de las cuales es difícil distanciarse con la finalidad de observarse con una mayor objetividad y poder reconocer los propios errores. La homofobia acontece de la misma forma, muchas veces solapadamente, y nadie está completamente libre de ella mientras no esté atento sobre sí mismo.
En nuestra sociedad existe una mayor consciencia del racismo que del machismo, puesto que este se viene denunciando desde antes (el mismo Bartolomé de las Casas lo hace: leer su “Historia de la destrucción de las Indias”) y las personas de color obtuvieron en su lucha los mismos derechos que los hombres blancos con anterioridad a las mujeres, como ocurrió en lo respectivo a los derechos sufragistas y políticos (por ejemplo Robespierre incluía a los negros entre sus iguales y dignos de los mismos derechos, pero no así a las mujeres: leer las compilaciones de sus discursos políticos). Las feministas, por esa razón, criticaron duramente a la Revolución Francesa y cuestionaron los supuestos derechos universales por ser precisamente lo opuesto de universales, dado que, si bien incluían a todos los seres humanos sin importar la raza ni clase, no incluían a las mujeres, como si estas no fuesen humanas. Asimismo, existe una mayor consciencia del machismo que de la homofobia, debido a que la problemática del primero afloró y fue tratada con anterioridad. La consciencia de la homofobia, por el contrario, recién se está despertando, se encuentra en pañales, y a penas ha logrado la obtención de derechos en algunas naciones (curiosamente la mayoría de naciones donde lo consiguió fueron las primeras en abolir la esclavitud y aceptar el sufragio femenino). Por eso, no debemos cesar en la lucha por despertar esta nueva consciencia naciente, como antaño despertamos las otras. Procuremos, de corazón, un cambio en la sociedad. Apostemos por un mundo más justo e igualitario para todos nosotros, libre de discriminación.
PD: La astucia para tapar el sol con un dedo por medio de argumentos formalistas y, sobre todo, la astucia para edificar pulidos castillos de naipes sobre el aire, castillos que terminan gobernando la vida de las personas en función de suposiciones idílicas con objetivos poco caritativos, no tiene límites. Qué duda cabe.

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